Lunes, 30 Julio 2018 00:00

El drama de los waraos: “En Venezuela ya estuviese muerto”

 
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En Abrigo Pintolândia hay 22 mujeres embarazadas, 11 recién nacidos, 80 niños que van a la escuela-tráiler y 10 caciques, cada uno al mando de 30 familias En Abrigo Pintolândia hay 22 mujeres embarazadas, 11 recién nacidos, 80 niños que van a la escuela-tráiler y 10 caciques, cada uno al mando de 30 familias FOTO CORTESÍA CRÓNICA UNO

A pesar del discurso de reivindicación de los pueblos indígenas que repite el chavismo, un refugio de Boa Vista está habilitado exclusivamente para cientos de integrantes de esta etnia que se fueron del país precisamente porque no se sienten nada reivindicados.

Entre Pacaraima y Boa Vista, en el norte de Brasil, hay aproximadamente 174 kilómetros. Es una vía sin particularidades: cada tanto hay que aminorar la marcha porque un grupo de obreros trabaja en la ampliación de una red sanitaria. En alguna parte, de lado y lado, surge el río Uraricoera. En otras hay negocios en los que se puede comprar, sin que medien nacionalidades, pão de queijo y harina PAN. La sensación imperante, en todo caso, es la de soledad.

Esos ciento setenta y tantos kilómetros fueron los que recorrieron caminando Alberto Heredia y su familia: una esposa y cuatro hijos, de 16, 14, un año y ocho meses. Caminando. Un paso tras otro. Toda la familia. Bebés a cuestas con el sol de frente y sin intermediarios.

Caminaron, entonces… sacando la mano a ver si algún aventón los socorría. O blandiendo botellas de plástico en el aire, para ver si alguien les regalaba agua. Días. Noches. Hasta que el destino comenzó, finalmente, a vislumbrase: allí estaba Boa Vista, la solución a todos sus problemas. La tierra prometida.

Eso pasó hace cinco meses. Ahora, Alberto Heredia y su familia están en el Abrigo Pintolândia, al oeste de la ciudad. Es uno de los refugios habilitados principalmente para venezolanos a través de la Operação Acolhida.

Pero esta historia tiene otra arista. A este grupo, como a sus semejantes, se les prometió todo un universo porque son los “herederos ancestrales” y, nada más por derecho histórico, son dueños de tierras venezolanas. Por lo menos ese ha sido el discurso que se ha enfatizado en los últimos 20 años, uno que contrasta con la verdad, porque este grupo, que ahora se lanza a caminar para huir de Venezuela, es el que está concentrado bajo un galpón al oeste de Boa Vista. Ese grupo son los indígenas waraos.

 Contrastes

“A los pueblos indígenas los reconocemos como parte medular de esta patria. Ya basta de exclusión, de discriminación. Coloquemos a nuestros hermanos indígenas en el primer lugar de nuestro amor, de nuestro reconocimiento, de nuestro afecto, de nuestro compromiso. Ellos son sobrevivientes de la masacre, del genocidio que Europa cometió aquí”.

Recostado en un chinchorro de Pintolândia, Eusebio Silva recuerda esas palabras de Hugo Chávez. Quizás no el discurso en sí, pronunciado en 2010, sino el fondo, repetido una y cientos de veces por el presidente fallecido: la reivindicación de los pueblos indígenas. Amor. Reconocimiento. Afecto. Compromiso. Todo lo bonito que las palabras pueden ventilar. Y recuerda también, y especialmente, el reconocimiento histórico: “la masacre, el genocidio que Europa cometió aquí”.

A veces, a Eusebio se le quiebra la voz. Está ahora lejos de su hábitat natural, Tucupita, en el estado Delta Amacuro. De allá salió hace cuatro meses porque “estaba enfermo y no encontraba medicinas. Tenía una infección crónica y severa”.

A pesar de que en el Delta era auxiliar de enfermería, Eusebio no supo qué tenía. Su hermana murió en enero. Tampoco supo de qué. Pero eso le bastó para tomar la decisión de irse. Y eso, por cierto, fue lo que menos le costó: lo que más fue admitir que todo el discurso que le sonaba armonioso, justiciero y reivindicativo no era más que palabras.

En abril de este año, Kapé-kapé, organización dedicada a la vigilancia de derechos de pueblos indígenas, detalló en un informe que la movilización “de familias warao se ha acentuado en los primeros dos meses del año. Las comunidades Janokosebe, Yakerawitu y Yakariyene son las que presentan mayor salida de familias hasta la frontera  de Venezuela con Brasil. En los últimos dos meses se ha constatado la salida de 20 familias de Yakariyene, 15 han salido de Yakerawitu y más de 30 familias han abandonado la comunidad de Janokosebe”.

En el mismo informe, Kapé-kapé cita a la organización Pastoral Indígena. En esos meses, más de 2000 waraos habían salido de Delta Amacuro con rumbo a Boa Vista. La explicación es sencilla: “no todos están recibiendo la ayuda necesaria que requieren. Y no solo los warao, sino todos los venezolanos que han salido del país”.

 Sortear el hambre

 Alberto Heredia está en una carpa familiar. En Pintolândia hay de esas carpas en la parte externa del galpón. Pero también están las individuales en la parte interna. Conviven con chinchorros y colchonetas.

Allí, los warao han visto lo que tenían mucho tiempo sin ver en Venezuela: pechuga de pollo, arroz, frijoles y manzana. Es lo que se cocina en el  mediodía del 2 de junio.

Detrás del galpón están los baños. Hay duchas y letrinas de cerámica blanca empasteladas de marrón. Un indígena warao es el encargado.  Se queja gritando: “al que me deje esto así lo voy a poner a limpiar”.

De los baños brota un hilo de aguas negras que corre varios metros. Al lado, una familia warao cocina arroz con pollo.

Viendo todo eso, Heredia, sin embargo, agradece: no todos los cinco meses los ha pasado aquí. Los dos primeros estuvieron en la Rodoviária Internacional José Amador de Oliveira – Baton, terminal de pasajeros de la ciudad.

Allí chocaron contra el primer muro de concreto erigido por la realidad: no había trabajo. De hecho, todavía no hay. Pero ni Alberto Heredia ni su familia tienen la mínima intención de moverse de aquí.

-¿Regresaría?

-Ahorita no, no todavía. Ahorita estoy mejor. Como tranquilo. Aquí estamos comiendo. Iría para allá solo para llevarle (comida) a mi familia. Por eso nada más. Allá estaba pasando hambre.

Lo que llega

12 de octubre de 2017. En la conmemoración de los 525 años de la llegada de los españoles a América, un iracundo Nicolás Maduro llevó a otros niveles las condenas históricas de Hugo Chávez. Ese día, en frente de su ejército de medios públicos, exigió al rey de España, Felipe VI, una indemnización para los pueblos indígenas. Un pase de factura.

“No puede ser que España siga celebrando el 12 de octubre como un día de fiesta nacional. ¿Fiesta de qué?, ¿fiesta de muerte, de la invasión, de la tortura, del genocidio? El rey de España lo que debe hacer es pedir perdón y hacer una indemnización histórica de los pueblos indígenas que masacraron los borbones a lo largo y ancho de nuestra América”, dijo entre un festín de aplausos.

Eusebio no lo entiende: ¿se le puede pedir a alguien externo algo que en la casa ha podido hacerse? El divorcio entre el discurso y la acción terminó decepcionándolo. Y hay que ver que creyó, Su apoyo a Hugo Chávez no solo fue de voto y de aplauso, sino también como promotor activo de su política. Eusebio fue coordinador en Tucupita de la Misión Guaicaipuro, el plan que tuvo horizontes un tanto etéreos: propiciar la participación protagónica de los indígenas, saldar la deuda histórica y “construir sus propios destinos”.

“La Ley de los pueblos indígenas la debatimos nosotros para que respetaran nuestros derechos, que seamos más respetados e incluidos dentro del idioma oficial. Eso aprobamos con las misiones Guaicaipuro. Siendo los mismos revolucionarios socialistas, tenemos que ser todos por igual”.

 -¿Y eso se cumplió?

-¡Ellos no lo cumplieron! No respetaron. Más bien quisieron dividir a los indígenas por parte de la política, que un hermano tuviera enemigos por la política.

El incumplimiento, observa Eusebio, ha sido más tangible que las tres líneas centrales de la Misión Guaicaipuro: “No había comida. Lo que había era la caja CLAP y eso duraba solamente una semana. Ahorita, en mi comunidad se mueren de hambre, tanto niños como adultos. No hay comida, no hay medicina, no hay nada. Lo que llega es pura mentira”.

El último informe anual del Programa Venezolano de Educación-Acción en derechos Humanos (Provea) abunda en detalles sobre el estado de precariedad al que están sometidas las comunidades indígenas.

Allí se detalla: “La escasez de alimentos, la inflación, el alto costo de la comida, el mal funcionamiento de los centros de abastecimiento Mercal, la irregularidad de la entrega de las cajas CLAP y la falta de agua potable, repercuten en la garantía del derecho a la alimentación de indígenas waraos, tal como lo evidencian las denuncias, demandas y protestas generadas en la región, pidiendo atención y comida”.

En Pintolândia, Auxiliano Zapata (franelilla de color rojo desgastado, cabello al rape, collares coloridos), oriundo de Delta Amacuro, recalca que, como a sus otros “hermanos”, el hambre no fue lo único que lo sacó de su casa. Pero tiene otra convicción: la culpa no es del gobierno de Maduro.

“No salimos buscando una solución solo en alimentación. También buscamos mejoras en la salud. Pero no quiere decir que la culpa de esto es del gobierno: todo esto es culpa de la oposición, porque ellos hicieron empresas queriendo tumbar el gobierno… bueno, hasta ahora no pudieron. Y nosotros somos losmás afectados”.

En Pintolândia funciona una escuela que financia la Embajada de Canadá en Brasil. Es un tráiler con aire acondicionado, una pizarra y algunos pupitres. Los hombres, supervisados por el Ejército, se encargan de los trabajos pesados: en este mediodía, por ejemplo, se afanan en la construcción de un drenaje de aguas negras.

Hay 22 mujeres embarazadas, 11 recién nacidos, 80 niños que van a la escuela-tráiler y 10 caciques, cada uno al mando de 30 familias. Un paneo sirve para percatarse de algo: hay muy pocos síntomas de desnutrición. Quienes están desnutridos son los que recién llegaron. Son los que tienen la marca de Venezuela en los costillares.

Zona dependiente del gobierno central, Boa Vista no es precisamente el lugar idóneo para buscar trabajo: allí no hay economía propia. Pero los refugios sirven como una tabla de salvación para los que llegan. Comida y atención médica. Es el primer respiro, es asegurar la sobrevivencia. Es así como lo conciben los waraos que están en ellos, porque, como dice Eusebio Silva: “en Venezuela ya estuviese muerto”. (Publicado originalmente en Crónica Uno)

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